Oraciones

EN EL
ANTIGUO TESTAMENTO
La revelación de la oración en el Antiguo
Testamento se inscribe entre la caída y la elevación del hombre, entre la
llamada dolorosa de Dios a sus primeros hijos: "¿Dónde estás?... ¿Por qué
lo has hecho?" (Gn 3, 9. 13) y la respuesta del
Hijo único al entrar en el mundo: "He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb
10, 5-7). Así, la oración está ligada con la historia de los hombres, es la
relación con Dios en los acontecimientos de la historia.
La creación, fuente de la oración
La oración se vive primeramente a
partir de las realidades de la creación. Los nueve primeros capítulos
del Génesis describen esta relación con Dios como ofrenda por Abel de los
primogénitos de su rebaño (cf Gn
4, 4), como invocación del nombre divino por Enós (cf Gn 4, 26), como "marcha
con Dios" (Gn 5, 24). La ofrenda de Noé es
"agradable" a Dios que le bendice y, a través de él, bendice a toda
la creación (cf Gn 8, 20-9,
17), porque su corazón es justo e íntegro; él también "marcha con
Dios" (Gn 6, 9). Una muchedumbre de hombres
pertenecientes a todas las religiones siempre han
vivido esta característica de la oración.
En su alianza indefectible con todos los
seres vivientes (cf Gn 9,
8-16), Dios llama siempre a los hombres a orar. Pero, en el Antiguo Testamento,
la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abraham.(continua
abajo la oracion)
(las
oraciones fueron colocadas de esta manera para que sean apreciadas como lo que
son, un tesoro)
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Acto de confianza del corazón de
Jesús |
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Oración por la unidad de los
Cristianos |
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Himno
reacción de gracias (Te Deum)
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Promesas
Del Sagrado Corazón para los que lo viven su espiritualidad |
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ORACIONES
La Promesa y la oración de la fe
Cuando Dios le llama, Abraham parte
"como se lo había dicho el Señor" (Gn 12, 4):
todo su corazón se somete a la Palabra y obedece. La obediencia del corazón a
Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo.
Por eso, la oración de Abraham se expresa primeramente
con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor.
Solamente más tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada
recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cf
Gn 15, 2-3).
De este modo surge desde los comienzos uno
de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en la
fidelidad a Dios.
Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6), marchando en su
presencia y en alianza con él (cf Gn
17, 2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped
misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré,
preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cf
Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38).
Desde entonces, habiéndole confiado Dios su
plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor
hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf Gn 18, 16-33).
Como última purificación de su fe, se le
pide al "que había recibido las promesas" (Hb
11, 17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila:
"Dios proveerá el cordero para el
holocausto" (Gn 22, 8), "pensaba que
poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos" (Hb 11, 19). Así, el padre de los creyentes se hace
semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo sino que lo entregará por
todos nosotros (cf Rm 8,
32).
La oración restablece al hombre en la
semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que
salva a la multitud (cf Rm
4, 16-21).
Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de
las doce tribus de Israel (cf Gn
28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú,
lucha una noche entera con "alguien" misterioso que rehúsa revelar su
nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba.
La tradición espiritual de la Iglesia ha
tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una
victoria de la perseverancia (cft;que
había recibido las promesas" (Hb 11, 17) que
sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: "Dios proveerá el
cordero para el holocausto" (Gn 22, 8),
"pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los
muertos" (Hb 11, 19).
Así, el padre de los creyentes se hace
semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo sino que lo entregará por
todos nosotros (cf Rm 8, 32).
La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios y le hace participar
en la potencia del amor de Dios que salva a la multitud (cf
Rm 4, 16-21).
Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de
las doce tribus de Israel (cf Gn
28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú,
lucha una noche entera con "alguien" misterioso que rehúsa revelar su
nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La tradición espiritual
de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate
de la fe y una victoria de la perseverancia (cf Gn 32, 25-31; Lc 18, 1-8).
Moisés y la oración del mediador
Cuando comienza a realizarse la promesa
(Pascua, Exodo, entrega de la Ley y conclusión de la
Alianza), la oración de Moisés es la figura cautivadora de la oración de
intercesión que tiene su cumplimiento en "el único Mediador entre Dios y
los hombres, Cristo-Jesús" (1 Tm 2, 5).
También aquí, Dios interviene, el primero.
Llama a Moisés desde la zarza ardiendo (cf Ex 3,
1-10). Este acontecimiento quedará como una de las figuras principales de la
oración en la tradición espiritual judía y cristiana.
En efecto, si "el Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob" llama a su servidor Moisés es que él es el Dios vivo que
quiere la vida de los hombres. El se revela para salvarlos, pero no lo hace
solo ni contra la voluntad de los hombres: llama a Moisés para enviarlo, para
asociarlo a su compasión, a su obra de salvación.
Hay como una imploración divina en esta
misión, y Moisés, después de debatirse, acomodará su voluntad a la de Dios
salvador. Pero en este diálogo en el que Dios se confía, Moisés aprende también
a orar: se humilla, objeta, y sobre todo pide y, en respuesta a su petición, el
Señor le confía su Nombre inefable que se revelará en sus grandes gestas.
Pues bien, "Dios hablaba con Moisés
cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33, 11). La oración de
Moisés es típica de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de
Dios es fiel a su misión.
Moisés "habla" con Dios
frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e
implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y
guiarlo. "El es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él,
abiertamente" (Nm 12, 7-8), porque "Moisés
era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra" (Nm 12, 3).
De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a
la cólera y rico en amor (cf Ex 34, 6), Moisés ha
sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el
pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los
amalecitas (cf Ex 17, 8-13) o para obtener la
curación de Myriam (cf Nm
12, 13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando
"se mantiene en la brecha" ante Dios (Sal 106, 23) para salvar al
pueblo (cf Ex 32, 1-34, 9).
Los argumentos de su oración (la
intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los
grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por
tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones
maravillosas, su Gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva
su Nombre.
David y la oración del rey
La oración del pueblo de Dios se desarrolla
a la sombra de la Morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo.
Los guías del pueblo - pastores y profetas - son los primeros que le enseñan a
orar.
El niño Samuel aprendió de su madre Ana
cómo "estar ante el Señor" (cf 1 S 1, 9-18)
y del sacerdote Elí cómo escuchar Su Palabra:
"Habla, Señor, que tu siervo escucha" (cf 1
S 3, 9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y el peso de la
intercesión: "Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de
suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto" (1 S 12,
23).
David es, por excelencia, el rey
"según el corazón de Dios", el pastor que ruega por su pueblo y en su
nombre, aquél cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y
arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo.
Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel
a la promesa divina (cf 2 S 7, 18-29), confianza
amante y alegre en aquél que es el único Rey y Señor. En los Salmos, David,
inspirado por el Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y
cristiana. La oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y
llevará a su plenitud el sentido de esta oración.
El Templo de Jerusalén, la casa de oración
que David quería construir, será la obra de su hijo, Salomón. La oración de la
Dedicación del Templo (cf 1 R 8, 10-61) se apoya en
la Promesa de Dios y su Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su
Pueblo y el recuerdo de los grandes hechos del Exodo.
El rey eleva entonces las manos al cielo y ruega al Señor por él, por todo el
pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus
necesidades diarias, para que todas las naciones sepan que Dios es el único
Dios y que el corazón del pueblo le pertenece por entero a El.
Elías, los profetas y la conversión del
corazón
Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser
el lugar donde aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los
sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de "la
proposición", todos estos signos de la Santidad y de la Gloria de Dios,
Altísimo pero muy cercano, eran llamadas y caminos de la oración. Sin embargo,
el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado
exterior.
Era necesaria la educación de la fe, la
conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del
Destierro.
Elías es el padre de los profetas, "de
la raza de los que buscan a Dios, de los que persiguen su Faz" (Sal 24,
6). Su nombre, "El Señor es mi Dios", anuncia el grito del pueblo en
respuesta a su oración sobre el Monte Carmelo (cf 1 R
18, 39). Santiago nos remite a él para incitarnos a orar: "La oración
ferviente del justo tiene mucho poder" (St 5,
16b-18).
Después de haber aprendido la misericordia
en su retirada al torrente de Kérit, aprende junto a
la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe
que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la
viuda (cf 1 R 17, 7-24).
En el sacrificio sobre el Monte Carmelo,
prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la
respuesta a su súplica de que se consume el holocausto "a la hora de la
ofrenda de la tarde": "¡Respóndeme, Señor, respóndeme!" son las
palabras de Elías que repiten exactamente las liturgias orientales en la epíclesis eucarística (cf 1 R 18,
20-39).
Finalmente, repitiendo el camino del
desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo,
Elías se recoge como Moisés "en la hendidura de la roca" hasta que
"pasa" la presencia misteriosa de Dios (cf
1 R 19, 1-14; Ex 33, 19-23).
Pero solamente en el monte de la
Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de Dios está en la rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf 2 Co 4, 6).
2584 En el "cara a cara" con
Dios, los profetas sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es una
huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un
litigio o una queja, siempre una intercesión que espera y prepara la
intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cf
Am 7, 2. 5; Is 6, 5. 8. 11;
Jr 1, 6; 15, 15-18; 20, 7-18).
Los Salmos, oración de la Asamblea
Desde David hasta la venida del Mesías, las
Sagradas Escrituras contienen textos de oración que atestiguan el sentido
profundo de la oración para sí mismo y para los demás (cf
Esd 9, 6-15; Ne 1, 4-11;
Jon 2, 3-10; Tb 3, 11-16; Jdt
9, 2-14).
Los salmos fueron reunidos poco a poco en
un conjunto de cinco libros: los Salmos (o "alabanzas"), son la obra
maestra de la oración en el Antiguo Testamento.
Los Salmos alimentan y expresan la oración
del pueblo de Dios como Asamblea, con ocasión de las grandes fiestas en
Jerusalén y los sábados en las sinagogas. Esta oración es indisociablemente
individual y comunitaria; concierne a los que oran y a todos los hombres;
asciende desde la Tierra santa y desde las comunidades de la Diáspora, pero
abarca a toda la creación; recuerda los acontecimientos salvadores del pasado y
se extiende hasta la consumación de la historia; hace memoria de las promesas
de Dios ya realizadas y espera al Mesías que les dará cumplimiento definitivo.
Los Salmos, usados por Cristo en su oración
y que en él encuentran su cumplimiento, continúan siendo esenciales en la
oración de su Iglesia (cf IGLH 100-109).
El Salterio es el libro en el que la
Palabra de Dios se convierte en oración del hombre. En los demás libros del
Antiguo Testamento "las palabras proclaman las obras" (de Dios por
los hombres) "y explican su misterio" (DV 2). En el salterio, las
palabras del salmista expresan, cantándolas para Dios, sus obras de salvación.
El mismo Espíritu inspira la obra de Dios y la respuesta del hombre. Cristo
unirá ambas. En El, los salmos no cesan de enseñarnos a orar.
Las múltiples expresiones de oración de los
Salmos se encarnan a la vez en la liturgia del templo y en el corazón del
hombre. Tanto si se trata de un himno como de una oración de desamparo o de
acción de gracias, de súplica individual o comunitaria, de canto real o de
peregrinación o de meditación sapiencial, los salmos son el espejo de las
maravillas de Dios en la historia de su pueblo y en las situaciones humanas
vividas por el salmista. Un salmo puede reflejar un acontecimiento pasado, pero
es de una sobriedad tal que se puede rezar verdaderamente por los hombres de
toda condición y de todo tiempo.
Hay unos rasgos constantes en los Salmos:
la simplicidad y la espontaneidad de la oración, el deseo de Dios mismo a
través de su creación, y con todo lo que hay de bueno en ella, la situación
incómoda del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se enfrenta con
una multitud de enemigos y de tentaciones;
y que, en la espera de lo que hará el Dios fiel, mantiene
la certeza del amor de Dios, y la entrega a la voluntad divina. La oración de
los salmos está siempre orientada a la alabanza; por lo cual, corresponde bien
al conjunto de los salmos el título de "Las Alabanzas".
Reunidos los Salmos en función del culto de
la Asamblea, son invitación a la oración y respuesta a la misma: "Hallelu-Ya!" (Aleluya), "¡Alabad al Señor!"
¿Qué hay mejor que un Salmo? Por eso, David
dice muy bien: "¡Alabad al Señor, porque es bueno salmodiar: a nuestro
Dios alabanza dulce y bella!". Y es verdad. Porque el salmo es bendición
pronunciada por el pueblo, alabanza de Dios por la Asamblea, aclamación de
todos, palabra dicha por el universo, voz de la Iglesia, melodiosa profesión de
fe (San Ambrosio, Sal. 1, 9).
"La oración es la elevación del alma
hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan
Damasceno, f. o. 3, 24).
Dios llama incansablemente a cada persona
al encuentro misterioso con El. La oración acompaña a toda la historia de la
salvación como una llamada recíproca entre Dios y el hombre.
La oración de Abraham y de Jacob aparece
como una lucha de fe vivida en la confianza a la fidelidad de Dios, y en la
certeza de la victoria prometida a quienes perseveran.
La oración de Moisés responde a la
iniciativa del Dios vivo para la salvación de su pueblo. Prefigura la oración
de intercesión del único mediador, Cristo Jesús.
La oración del pueblo de Dios se desarrolla
a la sombra de la Morada de Dios, el arca de la alianza y el Templo, bajo la
guía de los pastores, especialmente el rey David, y de los profetas.
Los profetas llaman a la conversión del
corazón y, buscando siempre el rostro de Dios, como Elías, interceden por el
pueblo.
Los salmos constituyen la obra maestra de
la oración en el Antiguo Testamento. Presentan dos componentes inseparables:
individual y comunitario. Abarcan todas las dimensiones de la historia,
conmemorando las promesas de Dios ya cumplidas y esperando la venida del
Mesías.
Rezados y cumplidos en Cristo, los Salmos
son un elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a
los hombres de toda condición y de todo tiempo.