el 5to dogma será lanzado por el
Papa Benedicto XVI el próximo año.
MADRE DEL REDENTOR JESUCRISTO,
Rey de reyes, para Quién es toda
gloria,
honra, honor, potencia y majestad.
Por los siglos de los siglos. Amén.

CORREDENCIÓN
LA SOCIA DEL REDENTOR
COOPERADORA EN LA REDENCIÓN
La primera
expresión fue utilizada por el Vaticano II para indicar la participación activa
de María en la realización de la obra redentora del hijo Jesús: «generosa
socia» (LG 61; pero ya antes había aparecido en la Munificentissimus
Deus, de pío XII). La segunda es la forma
substantivada de la forma
verbal empleada también por el concilio en
el número indicado para expresar la misma verdad mariana («cooperata
est» = cooperó).
El Vaticano II empleó varios títulos
marianos que expresan la función singular de María en la obra de salvación
realizada por Dios Padre por medio de Cristo en la fuerza del Espíritu:
abogada, auxiliadora, socorredora, mediadora (cf. LG 62), pero no hizo suyo el
título de "corredentora» , ya
presente en dos
manuscritos de Salzburgo del siglo xv y valorado cada
vez más ampliamente por la reflexión mariológica,
especialmente en los decenios anteriores a la celebración del concilio, ni la
categoría de "corredención» , acogida va en
algunos documentos del Magisterio romano (León XIII en
1894 y 1895; san pío X en 1904;
Benedicto XV en 1918; pío XI en 1935; pío XII en 1943, 1954 y 1956). Los
motivos de este abandono fueron de carácter ecuménico (los protestantes no
aceptan de ninguna manera que se hable de «corredención»
de María o de otros al lado de la redención del único Mediador
Jesucristo) y pastoral (los Padres
conciliares quisieron evitar términos que pudieran resultar equívocos, dado que
necesitan aclaraciones teológicas complejas para poder ser entendidos en su
sentido exacto y aceptable). La literatura mariológica
posconciliar para indicar la participación activa de
María en la
realización del misterio de
la redención, prefiere recurrir a términos como Nueva Eva, Matenlidad
espiritual, Cooperadora. El contenido teológico de todos estos términos es
lógicamente derivado; guarda relación con la verdad principal de la figura,
misión y obra redentoras de Jesucristo, Expongamos a
continuación la función de
María que en ellos se expresa.
La reflexión teológica mariana,
especialmente en los últimos decenios que precedieron al Vaticano II, había
distinguido con claridad dos momentos y dos aspectos distintos de la
participación activa de
María en la obra redentora de su Hijo
Jesucristo. El concilio, por su parte, aunque no recogió la terminología
técnica ya en uso en la reflexión mariológica
anterior, los hizo suyos y los propuso a la teología y a la piedad cristianas
(cf. LG 61 -62).
El primero es el de la asociación y la cooperación de María en la realización/constitu ción de la obra
redentora realizada por Jesucristo. El concilio, con un lenguaje más dinámico,
más narrativo y más
atento al compromiso
subjetivo personal de María en la obra de la redención, expone esta
participación en estos términos: «La santísima Virgen, predestinada, junto con
la encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, para Madre de Dios, por
designio de la divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida
Madre del divino Redentor y en forma
singular la generosa compañera entre todas las criaturas y la humilde esclava
del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en
el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras él moría en la cruz,
cooperó en forma del todo
singular, por la
obediencia, la fe, esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la
vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de
la gracia» (LG 61). Se trata de la maternidad de María respecto a los hombres
en el plano objetivo de la realización del
acontecimiento de la salvación
en Jesucristo y por Jesucristo, dispuesta por la Providencia divina. El segundo
aspecto es el de la cooperación efectiva de María, siempre por pura disposición
divina, a la acogida fructuosa por parte de la Iglesia como comunidad de los
creyentes y de los sujetos humanos en
su
-individualidad, del don (de los frutos) de la redención y de la salvación
(perdón del pecado y- vida divina) que Dios concede a los -hombres mediante su
Espíritu en Jesucristo y por Jesucristo Salvador y único Mediador en el curso
del tiempo. Exponiendo este segundo aspecto, enseña el concilio: "y esta
maternidad de María
perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó
fiel asentimiento en la anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la
cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos.
Pues, una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que
continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la salvación
eterna. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía
peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la
patria
feliz. Por eso, la
santísima Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada,
Auxiliadora, Socorro, Mediadora... La Iglesia no duda en atribuir a María este
oficio subordinado, lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de
los fieles, para que, apoyados en esta protección
maternal, se unan más
íntimamente al Mediador y Salvador» (LG 63). La consecución de una unión más
íntima con Cristo Mediador y Salvador y en él y por él con el Padre en el
Espíritu Santo es, por consiguiente, el fin de esta cooperación de María en la
redención de los hombres. Este segundo aspecto
en particular es
el que se designa como « maternidad espiritual » universal de María. La
tradición de la Iglesia lo ve fundamentado en las palabras de Jesús a su madre
al pie de la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn
19,27).
Una exacta comprensión de este sentido de fe de la Iglesia y de esta doctrina
teológica sobre la misión Y la persona de María, aunque recomienda evitar
términos y expresiones capaces de engendrar la confusión en el plano de la
doctrina y desviaciones en el de la piedad, exige ver a la Madre de Jesús
íntima y
admirablemente asociada a su misión redentora y salvífica,
aunque siempre gracias a él, en él, por debajo de él y con vistas a él.
En efecto, la salvación es sólo obra de Dios Padre, que por medio de su Hijo
Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres, con la acción
santificadora del Espíritu Santo, intenta atraer y llamar a sí a todos los
hombres.
La sabiduría divina ha querido implicar de manera singular a María en la
realización y en la «aplicación» de la salvación a los hombres. Esta asociación
de María no perjudica a la suficiencia y a la eficacia de la obra redentora de
Cristo, sino que más bien la promueve (cf. LG 9); se trata sin
embargo de una implicación totalmente
gratuita por parte de Dios, que valoriza hasta el máximo la función y la
persona de la Madre del Salvador y le da a una Mujer el papel de Nueva Eva,
Madre de los vivientes, en el plano de la vida del espíritu, como se empeñaron
en subrayar los Padres, a partir de
san Ireneo. El problema del modo de representar la asociación
de María a la redención realizada y dada por Jesucristo a los hombres sus
hermanos a lo largo del tiempo, en su Espíritu, es un problema importante, ya
que la mayor parte de las veces muchos sienten dificultades y vacilan en
reconocer esta
función de María, por
el hecho de que se expone el contenido de esta doctrina en términos demasiado
antropomórficos y objetivistas.
Se podría expresar la asociación de María como madre a la obra redentora del
Hijo, especialmente en el tiempo que va desde la resurrección de Jesús al
cumplimiento de la historia, en estos términos; por la relación singular que la
une al Hijo y la misión insigne recibida de él, María cooperó en la salvación
de
los hombres y sigue cooperando en
ella en cuanto que, con su vida de fe («discípula del Señor») y por la
abundancia de la vida divina que recibió («llena de gracia») en su vivir
histórico, se comprometió activamente para que se realizase el acontecimiento
de la salvación de la humanidad Jesucristo, y
cuida ahora en su
situación de vida gloriosa para que la Iglesia y cada uno de los hombres acojan
a 1~ largo de los tiempos con la más amplia disponibilidad de fe y de amor el
don de vida que les ofrece
Jesucristo, de manera que se realice
en ellos en una medida cada vez más abundante y profunda la conformación con su
Hijo, substancia de la vida cristiana y comienzo de
la vida eterna.
G. Iammarrone
Bibl.: S. Meo, Nueva Eva, 11. La Corredentora, en
NDM, 1479-1486; T. F Ossanna, Madre Nuestra, en NDM,
1200-1212; M, Llamera, El mérito material corredentivo de María, en Estudios Marianos 11 (1851)
81-140; S, de Fiores, María en la teología
contemporánea, Sígueme, Salamanca 1991; Concilio Vaticano II, Lumen gentium
VIII.